22 diciembre 2014

El ojo izquierdo.

Había algo extraño en el ojo izquierdo de Pedro. Desde hacía días tenía una picazón incesante, y sentía que su visión era borrosa, como si el mundo, a través de su ojo izquierdo, estuviera envuelto en una espesa niebla gris.

Al principio creyó que se trataba de algún tipo de alergia, o una pestaña necia que insistía en quedarse ahí. Respondía con una sonrisa condescendiente y forzada a comentarios del tipo: “Pedro, tan temprano y ya te fumantes uno antes del trabajo”. Notaba que cuando estaba conversando con alguien sobre cualquier tema, la persona procuraba desviar su mirada de su ojo izquierdo, pero su ojo izquierdo permanecía firme y fuerte confrontando aquellos otros ojos saludables.



A medida que los días pasaban, Pedro pudo notar que, cuando despertaba, había una mancha amarillenta del lado izquierdo de la almohada.

Pedro siempre tuvo aquella fobia que algunas personas tienen cuando se trata de acudir al médico. El miedo de padecer una enfermedad en estado terminal, o descubrir que tendrían que amputarle un miembro, lo aterrorizaba de tal manera que realmente se creía muy enfermo.

Un día se levantó de la cama y fue hasta el baño para lavar el ojo que ya no pudo abrir. Las pestañas estaban pegadas entre sí por un pus amarilla que parecía pegamento, poco a poco se las arregló para finalmente abrirlo. Se frotaba un poco de agua con los dedos y muy pacientemente removía aquella goma de apariencia desagradable. Se dio cuenta que había dejado que aquello fuera demasiado lejos y sintió una punzada fría en la columna.

Cuando finalmente logró remover todo el pus y pudo parpadear, se dirigió al espejo y vio su delgado rostro de 37 años. Su vida se resumía en espinillas molestas, risas maliciosas por las esquinas, un trabajo que odiaba, y la ausencia paterna que le provocó muchas noches sin dormir. Siempre odió a Dios por haberlo puesto en la vida que le toco vivir. No entendía por qué Dios se había ensañado tanto con él.

Parpadeó el ojo izquierdo. Aparentemente todo estaba bien, el ojo ya no estaba rojo ni sentía molestia. Su visión borrosa se había ido, y veía con una nitidez que le resultaba extraña. Se puso los pantalones, zapatos negros, traje y corbata, y se dispuso a pasar otro día en su vida de funcionario público.

Bajó por las sucias escaleras de la estación del metro y entró en un vagón abarrotado. Trabajadores infelices tras el maldito dinero. Él no era diferente. Cuando finalmente hubo un espacio, se sentó al lado de una señora muy pequeña y delgada, con los cabellos largos trenzados, que le recordó a la vejez de Rapunzel.

Miró a su alrededor y pudo notar un trasero muy bien diseñado parado frete a él. No había nada raro en aquel vagón, excepto por aquello que Pedro notó por su visión periférica. Era algo peludo, como un oso, pero más pequeño. Estaba sentado en el regazó de la vieja Rapunzel y fue entonces que Pedro se volvió para mirar.

Sentado como si fuera un niño en el regazo de la mujer, era una criatura pequeña, del tamaño de un niño de unos cinco años de edad, con las piernas peludas como las de una cabra, balanceándose de un lado a otro. Todo su cuerpo estaba cubierto de pelo, tenía el hocico de un cerdo, y las orejas de un murciélago. Cuando la criatura se dio cuenta del terror de Pedro, lo miró directamente a los ojos y le ofreció una sonrisa maligna repleta de dientes podridos.

Pedro se levantó todavía aturdido y corrió por el vagón empujando a todo mundo, hasta que finalmente la puerta se abrió y salió desesperado de ahí. Le costaba respirar y a duras penas logró subir las escaleras hasta la calle.

Primero pensó que estaba en el medio de una pesadilla, pero concluyó que no, y fue entonces cuando un fuerte viento sopló en la Avenida Chapultepec y una mota de polvo entró en su ojo derecho. El ojo se irritó y Pedro se frotaba con todas sus fuerzas mientras su ojo izquierdo permanecía alerta, y fue en este punto que lo entendió.

Todas aquellas personas que deambulaban por aquella avenida, los conductores de los autobuses y de los automóviles particulares, todos tenían demonios que los seguían. Pedro podía verlos. Eran de todas las formas y tamaños. Caminaban junto a las personas, como si estuvieran esposados a ellas. Poseían formas animalescas. Pedro rápidamente abrió el ojo derecho y cerró el izquierdo. Los demonios desaparecieron. Caminó apresuradamente por la avenida y entró en una papelería donde compró una cinta adhesiva. Caminó hasta el edificio donde trabajaba y fue directamente al baño más próximo. Esperó a que todos salieran y puso seguro a la puerta para asegurarse que nadie más entrara. Una vez más se vio en el espejo. No dejó que aquel rostro feo lo intimidara y, entonces, se colocó la cinta adhesiva en el ojo izquierdo. Si le preguntaban diría que tenía mucho dolor en el ojo, no importaba. Pedro ahora se enfrentaba a un dilema mucho mayor: no quería conocer a su demonio. Reunió las fuerzas para enfrentarse a otro día de trabajo e intentar distraerse, y salió del baño.

Cada uno de los que pasaban a su lado preguntaban qué había pasado con su ojo, y él se limitaba a responder que se había lastimado. Fue hasta su escritorio, miró los papeles en la mesa y dio inicio a su jornada laboral.

Las ocho horas de trabajo pasaron más rápido de lo normal y no quería irse a casa. Ir a casa significaba estar solo, y no quería intentar retirar la cinta adhesiva de su ojo. Finalmente tuvo que hacerlo. Decidió caminar hasta la próxima estación del metro.

La vida es dura cuando no se tiene a nadie. Pedro nunca tuvo a nadie excepto a su madre, que pasó gran parte de su vida enferma y reclamado que su pie cada año estaba más inflamado. Su muerte fue un alivio para Pedro, pero en el fondo sentía su falta.

Abrió la puerta de su hogar y se encontró con el silencio. Pensó en llamar a su primo, pero desistió. Se sentía cobarde, impotente. No entendía por qué aquello le estaba pasando a él. ¿Qué significaba? Lloró sentado en su sofá. Su visión estaba un poco borrosa debido a las largas horas que la cinta había apretado su ojo, y entonces, volviendo a la normalidad, se encaró a sí mismo. Gritó:

– ¿Dónde estás, maldito hijo de perra?

Miró a su alrededor y nada. Todo estaba en su respectivo sitio. Estaba solo en su apartamento. Caminó hasta su cuarto y se sentó en la cama. Estaba loco, aquello no había sucedido, sus ojos estaba normales. Se tranquilizó un poco y comenzó a desvestirse para ponerse el pijama. Mientras se desabotonaba la camisa, notó un movimiento extraño bajo su cama. Se inclinó para ver. Allí estaba.

Tirada en posición fetal yacía una mujer obesa y muy blanca. Estaba desnuda. Sus ojos eran rojos y no tenía pelo. Pedro sintió que la sangre le helaba. Podía ver los poros de la piel de la mujer que eran mucho mayores que los nuestros. Sus venas también eran muy visibles. Sus uñas tenían un color amarillento y estaban muy cortas, como si las comiera constantemente. No tenía labios. Tampoco nariz, excepto por dos agujeros. Pedro siguió mirando, le dio una mirada a las piernas gordas y llenas de estrías de la mujer, hasta que llegó a los pies. El izquierdo era enorme. Parecía hecho de goma. Hinchando y rojo. Un nudo se formó en la garganta de Pedro. Se levantó tan rápido como pudo y se encerró en el baño.

– ¡PERRA ASQUEROSA!

Gritaba y lloraba desesperadamente mientras maldecía a su demonio, que era nada más y nada menos que su propia madre. La mujer enferma que le hizo la vida infeliz.

Pedro abrió todos los cajones del gabinete del baño hasta que encontró unas tijeras. Con las manos temblando, respiró profundo y con todas las fuerzas de su ser se enterró las tijeras en la parte superior del ojo. Ignoró el dolor. Continuó removiendo mientras la sangre brotaba. Se estaba divirtiendo, estaba orgulloso. Continuaba haciendo presión para que el ojo saltara y, finalmente, allí estaba: el ojo izquierdo, el ojo maldito sobre el lavabo. Tomó una toalla y la puso sobre la cuenca de su ojo izquierdo, la sangre rápidamente humedeció la tela. Tomó el celular y llamó a emergencias.

Ese olor tan particular a hospital. Pedro estaba seguro. Abrió su ojo restante y notó algunos ramos de flores sobre una mesa. Tomó algunas y leyó las tarjetas. Eran de amigos del trabajo, pero una en especial llamó su atención por estar en un sobre descuidado. Un sobre pequeño y muy sucio, como si lo hubieran tomado de la basura. Las siguientes palabras estaban escritas sobre el papel:

QUE NO ME VEAS NO SIGNIFICA QUE NO ESTOY AQUÍ.

Pedro soltó un grito de angustia y tiró con fuerza el catéter de su brazo, sacrificando una de sus venas mientras bajo su cama un pie crecía cada día más.

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