09 mayo 2015

El hombre del sueño.

Durante el desayuno mi esposo parecía muy cansado, su rostro estaba muy pálido y transpiraba en exceso. Cuando extendió la mano para tomar la taza de café noté que estaba temblando.

– ¿Qué tienes? – Le pregunté. – ¿No dormiste bien anoche?, ¿Estás enfermo?

– No sé. – Me respondió – Me pasó algo extraño… no sé si estaba dormido o despierto. ¿Alguna vez te ha pasado que estás en un sueño, que parecía tan real, que no puedes distinguir si realmente estabas soñando?

Hizo una pausa por un largo tiempo antes de seguir…




– Anoche tuve uno de estos sueños… – continuó. – En el sueño me había despertado sudando frio. Mi corazón estaba acelerado y respiraba con mucha dificultad. Entonces fui al baño a lavarme la cara, pero algo parecía andar mal. Vi hacia arriba y noté que el techo ya no estaba. En lugar de eso, era como si estuviera viendo la cima de una tumba. Podía ver claramente los bordes de la sepultura sobre mi cabeza. Había varias personas reunidas alrededor, pero no reconocía a nadie, excepto a un hombre. Ese hombre era idéntico a mí. Los mismos ojos, la misma nariz y el mismo rostro. Era una copia exacta de mí mismo. Entonces se inclinó sobre la tumba y me miró directamente. Una larga sonrisa se formó en su rostro y me dijo:

– Ya has vivido lo suficiente, es hora de que dejes a alguien más vivir durante algún tiempo.

– Entonces volví al cuarto y me tiré en la cama. No recuerdo si estaba dormido o despierto.

La mañana siguiente cuando mi esposo se sentó en la mesa para el desayuno, parecía mucho peor. Su cabello estaba hecho un desorden y de su frente escurrían gotas de sudor.

– Tuve el mismo sueño anoche. – Dijo con una voz temblorosa.

No dijo nada más, pero cuando salió a trabajar me besó y pude ver el miedo en sus ojos.

Comencé a preocuparme mucho. Mi esposo siempre fue una persona tranquila y relajada, y ahora parecía haberse transformado en un manojo de nervios.

Cada noche, durante una semana, él tuvo la misma pesadilla. Por la mañana, antes de salir al trabajo, me platicaba sobre su sueño. Su rostro siempre estaba pálido, y sus ojos mostraban el terror que le provocaba aquella situación, entonces empezó a adelgazar y a adquirir una aspecto de enfermo. Ahí fue que decidí que era hora de llevarlo con un psicólogo.

Sin embargo, la mañana del sábado se despertó mucho más tarde que de costumbre y cuando se sentó a la mesa para desayunar parecía estar mucho mejor. Tenía el aspecto de un hombre saludable y vigoroso nuevamente.

– ¿Tuviste aquel sueño otra vez? – Le pregunté.

Me miró. Una larga sonrisa se formó en su rostro y me dijo:

– ¿Cuál sueño? No tengo idea de lo que me estás diciendo.

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